Comienzo la primera entrada del blog con un adiós, vaya rareza. Fue un hasta luego que dije hace dos meses exactamente. Un hasta pronto a mi familia, amigos y a mi país… ¡Ahora sí, comenzaba la aventura! Ciao España, Ciao Italia.

El 9 de septiembre a las 17.00 horas despegaba el avión, desde mi casa había una hora hasta el aeropuerto, y las horas previas a la partida todo, y repito, TODO fue un caos. Ya sea por mi inconsciencia, por mi poca visión de cuanto puede pesar la ropa que tengo y que quería llevarme o por la tacañería de no querer gastar mucho en ese viaje viendo lo que se me venía encima, compré la facturación de una sola maleta de 15kg (mal, muy pero que muy mal). Sin embargo, llegué a Bérgamo, el aeropuerto de Milán donde opera Ryanair, habiendo tenido que dejar algunas cosas sin mucha importancia, sin papa de italiano y sin el preciado traductor de Google, ¿y ahora? ¡JÁ!

Nada más salir vi el autobús, y gracias a mi poca timidez comencé a hablar con el que poco después sería el conductor, en un italiano literalmente inventado por mi. Casualidad o no, éste pilló directamente mi nacionalidad, que por suerte era la misma que la suya. Tras la hora de viaje llegué a la Stazione Centrale, zona donde también estaba el albergue que había contratado. De éste solo tenía la dirección, dónde buscarla, no, y cómo preguntarla sin parecer tonta, tampoco (dado que a todo el mundo que le pregunté en inglés no lo sabía hablar). No obstante, un ángel me cayó del cielo reencarnándose en el conductor con el que minutos antes había estado hablando, y aunque no me supo decir con exactitud el punto al que debía dirigirme me propuso otra opción con la que se me iluminaron los ojos: monta que te llevo. ¡Ojo! En el autobús. Y allí me veías a mi, la que hace dos horas parecía Paco Martínez Soria, ahora montada en un autobús privado por todo Milán hasta la puerta del albergue.

Una vez allí, el albergue estaba regentado por un chino que solo hablaba italiano y chino, y dado que de su idioma natal solo sé decir Ni Hao me decanté por hablarle la mezcla de italiano-español inventada por mi. No me importó en absoluto, pues estaba sana y salva, aunque con unas cuantas contracturas de más en la espalda debido al equipaje. ¡Tocaba comer pizza! Y como en Italia cada cinco pasos hay una pizzeria no me fue difícil encontrar una sin alejarme mucho del albergue, pues eran las 12 de la noche y por desgracia no era un lugar céntrico. Cuando vi los menús de pizzas en un kebab (digamos que los italianos cenan de las 19.00 a las 21.00 y a partir de esa hora es complicado encontrar un establecimiento donde te den de comer), elegí el de Margherita que costaba cinco euros con bebida. Mamma mia! ¡Que me la pongan para llevar que esto no me lo como ni en dos días! Sí, la pizza en Italia es muy barata y por cinco euros puedes cenar tú y dos amigos más. Tocaba volver al albergue, pues al día siguiente tocaba hacer de turista hasta la hora del próximo tren que me llevaría a Pesaro. Así es, el viaje no había ni comenzado aún, faltaban cuatro horas de tren hasta el penúltimo destino antes de llegar alla mia nuova casa.

A las 07.00 horas de la mañana sonó el despertador, todo OK, era la primera vez que dormía en una habitación compartida y no me habían robado nada, desde entonces no sería la última. Tras conseguir entenderme con la persona de recepción para que me guardara las maletas hasta por la tarde y con el mapa del metro en la mano me dirigí al Duomo, precioso, por cierto. Eso sí, como en todas y cada una de las plazas grandes seguían abundando las palomas y mi miedo-terror-fobia a las aves iba creciendo conforme pasaban los minutos de paseo por la plaza milanesa. Café para llevar y con un mono negro me veías a mi por la Galleria Vittorio Emanuele II, pura imagen de Audrey Hepburn en Desayunos con diamantes. Teatro alla Scala, Castillo Sforzesco, Piazza Mercanti… Todo excepto el Cementerio Monumental, visita obligada la próxima vez que vuelva. Era hora de volver a la Estación Central a por el tren destino Pesaro, (ahí aún no sabía los retrasos que pueden tener los trenes italianos, me costó una semana enterarme, desde entonces no hay viaje al que llegue a la hora pactada).

Una vez en Pesaro, ciudad de la que no hablaré en esta entrada, pues solo podría describir la estación de tren y autobús, tocaba enterarse (como no) del horario del pullman a Urbino. Ahora sí, última parada. ¿Quien me iba a decir que no era directo y que realizaría más de diez paradas antes de llegar a la mía? ¿Cuál era la mía si no había estado allí antes? El capítulo podría llamarse segundo reto a resolver en mi nuevo país. La suerte volvió a visitarme y en el momento que vi a una pareja con maleta facturada y demasiado rubios para ser italianos (sospeche que se trataban de personas de la Europa del Este) no dudé en hacerme su amiga, sabía que en esos países la gente tiene un inglés perfecto: Oh my God! Efectivamente, se dirigían a Urbino y lo mejor de todo… ¡Tenían Internet y por supuesto GPS! Sin separarme de ellos ni un solo momento conseguí llegar a mi nueva ciudad. Eran las 24.00 horas cuando por fin pude quitarme la mochila de la espalda, soltar el bolso de la mano y apoyar en el suelo la gran-gran-gran maleta que llevaba a cuestas desde el día anterior. Ouh yeah! Reto conseguido. Estaba en mi habitación y seguía viva, era hora de dormir, o mejor dicho… Estudiar un poco de italiano.

Nota mental: No volver a hacer ésta locura sin un mapa dentro de mi cabeza o en papel.